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RECURSOS PARA PREDICAR

Por Richard Niell Donovan
Traducción por Ángeles Aller

 

 

PASAJE BÍBLICO:    Juan 17:20-26

 

 

EXÉGESIS:     

 

CAPÍTULO 17: ORACIÓN DE ALTO SACERDOCIO DE JESÚS

 

Esta oración, rezada por Jesús justo antes de morir, a menudo se llama su Oración de Alto Sacerdocio, porque intercede con Dios a favor de los discípulos, en el presente y el futuro.  Debemos pensar de esta oración, no como el “Padre Nuestro,” sino como la Oración del Señor, porque en esta oración Jesús abre su corazón.  Sería mejor llamar el “Padre Nuestro” la Oración Modelo o la Oración del Discípulo, ya que es una oración que Jesús nos da para orar.  La oración de Juan 17 también es conocida como el Ultimo Testamento de Jesús, porque demuestra que, en la víspera de muerte, Jesús provee por las necesidades de los discípulos.

 

Esta oración podría estar cargada de desesperación, porque los discípulos han mostrado ser decepcionantes.  Aunque Jesús ha intentado prepararles para su muerte y resurrección venideras, ellos no lo han comprendido.  Esperan un Mesías con poderes terrenales, como el Rey David, y no han entendido el carácter tan distinto del ministerio de Jesús.  Además, los discípulos son indefinibles y pocos en número.  No hay ejecutivo que encargaría un proyecto significante a un grupo tan poco distinguido, pero Jesús deja el futuro de la obra de Dios en sus manos – y en las manos de Dios.  Ésa es la clave aquí – en las manos de Dios.  Jesús dejará a los discípulos, pero no solos.  El Espíritu Santo les acompañará – les dará fuerzas – les guiará.

 

Jesús reza, “Como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste” (v. 21).  La unión de los discípulos con Padre, Hijo, y Espíritu hace posible lo imposible.  Este pequeño grupo de personas normales y corrientes pondrá el mundo al revés.

 

Los discípulos están a punto de experimentar un trauma significante con la muerte de Jesús.  Esta oración nos ayuda a comprender el trauma que Jesús ha de experimentar mientras se prepara para dejarles.  La pasión de esta oración nos hace pensar de una madre que, muriendo, pide por su hijo que ya no puede cuidar.  Nos hace pensar de un padre despidiéndose de su hijo que va a la guerra.  Es un llanto del amor perfecto que viene del corazón, y es la oración de una fe perfecta.  Jesús conoce las debilidades de los discípulos, pero también sabe que Dios les cuidará.

 

 

VERSÍCULOS 20-23: RUEGO POR LOS QUE HAN DE CREER EN MÍ

 

20Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos. 21 Para que (hina) todos sean una (hen) cosa; como tú, oh Padre, en (en) mí, y yo en (en) ti, que también ellos sean en (en) nosotros una cosa: para que (hina) el mundo crea que tú me enviaste. 22 Y yo, la gloria (griego: doxan) que me diste les he dado; para que (hina) sean una cosa, como también nosotros somos una (hen) cosa. 23 Yo en (en) ellos, y tú en (en) mí, para que (hina) sean consumadamente una cosa (griego: teteleiomenoi eis hen – hecho perfecto en uno); que (hina) el mundo (griego: cosmos) conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también á mí me has amado.

 

 

Anote el juego poético entre las palabras griegas hina, hen, y en en los versículos de arriba.  El griego original tiene una bella fluidez que no se puede transmitir en una traducción.

 

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (v. 20).  En versículos 7-19, Jesús rezó por los discípulos.  Ahora, agranda el círculo para poder incluir a todos los que seguirán.  Anote su optimismo.  Da por hecho que el testimonio de estos discípulos será efectivo.

 

“Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros” (v. 21a).  “Esto es una oración, no una exhortación… Esta clase de unión es un don de Dios, y no un logro ecuménico” (Williamson, 230).  Esta petición “sugiere que la unión de la comunidad se basa en la relación directa entre creyentes y el liderazgo de Dios” (Borchert, 206).

 

Debemos oír la oración de Jesús como una oración para nosotros hoy.  Sería interesante insertar los nombres de nuestra congregación en esta oración.  Jesús reza “que (David y Pedro y Susana y Shawn y Jennifer) todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros” (v. 21a).  El peligro al hacer esto, sin embargo, es que podemos dejar la falsa impresión de que Jesús reza por discípulos individuales.  “En ninguna parte está Jesús preocupado por la unión individual entre el creyente y él o el Padre; en vez, se preocupa por los discípulos como comunidad de creyentes” (Howard-Brook, 368).

 

“Para que todos sean una cosa” (v. 21a).  Esta oración es por la unidad de los creyentes.  “El demonio favorece la división.  Ésa es su naturaleza y su propósito.  Con sus propios planes y fuerzas siniestras busca romper en pedazos el mundo que Dios ha creado… Jesucristo, en cambio, favorece la unión… Es su naturaleza y su propósito” (Lindberg, 93).

 

“para que el mundo (kosmos) crea que tú me enviaste” (v. 21b).  Mientras que la palabra kosmos se puede utilizar para referirse al mundo creado, en este Evangelio va acompañada de una “gran connotación negativa, indicando un lugar de corrupción, un lugar antagónico y antipático hacia Dios, un lugar en manos de ‘fuerzas’ demoníacas.  No obstante, es precisamente el lugar que Dios ha escogido como escenario de su actividad redentora, una actividad que toma lugar en plena historia humana” (Bromily, 1114-1115).

 

La Palabra “en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él; y el mundo no le conoció… los suyos no le recibieron” (Juan 1:10-11).  Sin embargo, “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios á su Hijo al mundo, para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17).

 

“para que el mundo (kosmos) crea que tú me enviaste” (v. 21b).  “Aunque la unión en este capítulo no se trata de algo institucional, esta cláusula muestra un propósito… es incluida para ser observada” (Carson, 568).  “No es una unión invisible por la que se reza aquí” (Bruce, 335).  “La unión que prevalece cuando Dios, Cristo, y creyentes residen uno en otro tiene como propósito principal la evangelización del mundo” (Craddock, 270).  Unión sirve para multiplicar el efecto de nuestro testimonio.  Una iglesia dividida pierde su poder de persuadir.

 

Los que abogan por del movimiento ecuménico citan estos versículos para justificar su obra.  Sin embargo, la manera Joanina de mirarlo no es demasiado ecuménica; II Juan 10, por ejemplo, prohíbe que el cristiano dé la bienvenida a cualquier persona cuya doctrina no sea ortodoxa” (Brown, 774).  Por otro lado, “parece que se exige una unión orgánica y vital por el hecho de que la relación entre Padre e Hijo se alza como modelo de unidad” (Brown, 776).

 

Está claro que la oración de Jesús por la unión de los creyentes aún no ha sido contestada por completo.  Fragmentación comenzó tan pronto como Hechos 6:2, donde “los helenistas se quejaron de los hebreos porque sus viudas eran ignoradas en la distribución de comida diaria.”  Mientras que ese conflicto se resolvió pronto, otros conflictos se han esparcido y profundizado.  “Por esto, las iglesias y sus varias agencias han de arrepentirse – una y otra y otra vez.   También, deben escuchar la oración de Jesús – ¡una y otra y otra vez!” (Beasley-Murray, 307).

 

Aún así, debemos reconocer que la oración de Jesús sí ha sido contestada, por lo menos en parte.  “No hay Judío, ni Griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Galatos 3:28).  Solemos olvidar cuan revolucionarias eran las palabras de Pablo a los galatos cuando primero fueron escritas hace veinte siglos.  Aunque el modelo actual de denominaciones en competencia disminuye la fuerza de nuestro testimonio, también es verdad que nuestro amor por cristianos de todas denominaciones lo desequilibra, aunque sea un poco.  Si nos arrepentimos por la falta de unión que nos plaga, también debemos estar alegres por la unión que nos bendice.

 

“Y yo, la gloria (doxan) que me diste les he dado” (v. 22).  La gloria y paz que Jesús les da a los discípulos es la misma gloria y el mismo amor que él recibió del Padre.  Se orientan hacia la misión e incluyen sufrimiento tanto como recompensa.  En este Evangelio, la gloria de Cristo se manifiesta por completo con su muerte, resurrección, y ascensión (todas consideradas una acción continua en este Evangelio).  Es por medio de la cruz y la tumba abierta que Jesús regresa a la gloria que disfrutaba con el Padre antes de ser creado el mundo (17:5).  Al tomar sus cruces, siguiendo los pasos de Jesús, es cuando sus discípulos comparten su gloria (Mateo 16:24; Marcos 8:34; Lucas 9:23).

 

• La gloria que el Padre le da al Hijo al final resulta en la exaltación de Jesús, que recibe, “un nombre que es sobre todo nombre; Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra” (Filipenses 2:9-10), pero el camino a esta exaltación incluye al Hijo, anonadándose, “tomando forma de siervo, hecho semejante á los hombres.  Y hallado en la condición como hombre, se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8).

 

• El amor con el que el Padre ama al Hijo, al final, le dirige a un trono, pero solo por medio de una cruz.

 

“para que sean consumadamente una cosa” (teteleiomenoi eis hen – hecho perfecto en uno) (v. 23b).  Esta unión perfecta solo es posible por la gracia de Dios.  Los discípulos discutieron acerca cuál era el mejor (Marcos 9:34).  Santiago y Juan pidieron, “Danos que en tu gloria nos sentemos el uno á tu diestra, y el otro á tu siniestra” (Marcos 10:37).  La temprana iglesia experimentó controversia por su doctrina y otros conflictos (Hechos 15).  Pero la gracia de Dios también les permitió trabajar juntos para proclamar el Evangelio de Jesucristo.  Su unión espiritual hizo que esa proclamación fuera sumamente exitosa.

 

 

VERSÍCULOS 24-26: YO LES HE MANIFESTADO TU NOMBRE

 

24Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo.25Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido; y éstos han conocido que tú me enviaste; 26Y yo les he manifestado tu nombre, y manifestaré lo aún; para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.

 

 

“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo” (v. 24).  “En este versículo el lenguaje de intercesión cambia.  En vez de la oración más convencional de ‘pedir,’… Jesús utiliza lenguaje de volición, ‘Quiero…’ Este cambio en el lenguaje es significante, porque Jesús no busca cumplir su propia ‘voluntad,’…sino la de Dios” (O’Day, 795).

 

Cuando reza por si mismo, Jesús califica su petición diciendo, “empero no lo que yo quiero (griego: thelo), sino lo que tú” (Marcos 14:36).  Cuando reza por los discípulos, dice, “quiero” (griego: thelo) sin ninguna calificación.

 

“En otro lugar de este Evangelio la voluntad de Jesús se presenta congruente a la del Padre (4:34; 5:21, 30; 6:38).  Por eso, razonablemente, uno puede esperar que el Padre haga lo que el Hijo pide de él” (Kostenberger, 499-500).

 

Antes, Jesús les prometió a los discípulos, “Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra vez, y os tomaré á mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (14:3).  Ahora, le pide al Padre que cumpla esta promesa.

 

“Y yo les he manifestado tu nombre, y manifestarélo aún” (v. 26).  “El tipo de ‘manifestar’ que se implica aquí no solo se trata de una comprensión intelectual, sino de una sabiduría personal e intima.  Esto queda claro en la última parte de versículo 26 donde Jesús identifica explícitamente el propósito de esta sabiduría: que el amor que el Padre ha tenido por él esté ‘en’ los creyentes.  Y no solo es amor lo que ha de vivir en los creyentes, sino el mismo Jesús – de la misma manera que Jesús está ‘en’ el Padre y el Padre en él” (Malcolm, 583).

 

Jesús ha revelado el nombre del Padre, y continuará haciéndolo, “definitivamente, en su glorificación, que viene ‘después’ o ‘más tarde’ (cf. 13:7, 36).  Claro que solo será en esta etapa más tardía que los discípulos verdaderamente comprenderán (cf. 16:28-30)” (Smith, 319).

 

El testimonio más poderoso del carácter amoroso de Dios tomó lugar en la cruz, donde el Padre dio “á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (3:16).  Este testimonio permanecerá vivo a través del testimonio de los discípulos, pero solo si manifestamos el amor de Dios en nuestras vidas.  El amor de Dios que crece dentro de nosotros alienta nuestro testimonio, y hace imposible que el mundo ignore al Cristo cuyo nombre llevamos.  El mundo dice, “mirad como se aman uno a otro.”  Este testimonio es poderoso.  Ver como cristianos aman a pobres y necesitados es igualmente importante.

 

 

TEXTO CITADO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS procede de Spanish Reina Valera, situada en http://www.ccel.org/ccel/bible/esrv.html.  Utilizamos esta versión de la Biblia porque consta de dominio público (no bajo protección de derechos de propiedad).

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

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Copyright 2007, 2010, Richard Niell Donovan