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RECURSOS PARA PREDICAR

Por Richard Niell Donovan
Traducción por Ángeles Aller

 

 

 

PASAJE BÍBLICO:     Juan 10:11-18

 

 

EXÉGESIS:     

 

CAPÍTULOS 9-10: EL CONTEXTO

 

El pasaje de “Yo soy el buen pastor” tiene de trasfondo la historia de un hombre nacido ciego (9:1-34).  Jesús sanó al ciego, precipitando una controversia con los fariseos, quienes se negaron a creer que Jesús había cumplido un milagro e intentaron desacreditarle.  Esa historia terminó con el hombre que había sido ciego testificando de Jesús y los fariseos echándole – un giro irónico en que el hombre que antes era ciego, ahora es bendecido con vista espiritual tanto como física, mientras que los líderes espirituales de Israel rehúsan ver – un hecho que Jesús incluye en su discurso de ceguedad espiritual (9:35-41).

 

Jesús entonces utiliza varias metáforas pastoriles de ovejas, pastores, y la puerta de las ovejas (10:1-10), identificándose como la primera puerta de las ovejas (v. 7) y después como el buen pastor (v. 11).  Se contrasta con ladrones, bandidos que no entran por la puerta (v. 1) y desconocidos a quienes el rebaño rehúsa seguir (v. 5).  Entonces se contrasta a si mismo con el pastor asalariado, cuya única preocupación es su propio bienestar personal (vv. 12-13).

 

Estas imágenes negativas (aquéllos que rehúsan ver, ladrones, bandidos, desconocidos, contratados) son metáforas que se encuentran levemente encubiertas para los fariseos que, en su encuentro con el hombre previamente ciego, se revelan a si mismos como descuidados del  hombre ciego y desatentos a la verdad.  Sus acciones son egoístas, y no tienen nada que ver con el amor para Dios o para el hombre.  El hombre que antes era ciego ahora ve claramente – y ve que Jesús, no los fariseos, es el buen pastor – que Jesús merece su confianza.

 

Una matiz interesante ocurre en esa historia cuando los fariseos interrogan a los padres del ciego, preguntándole cómo es que ahora puede ver (9:19).  Los padres contestan, “Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego: Mas cómo vea ahora, no sabemos; ó quién le haya abierto los ojos, nosotros no lo sabemos; él tiene edad, preguntadle á él; él hablará de sí” (9:20-21).  El narrador explica, “Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos: porque ya los judíos habían resuelto que si alguno confesase ser él el Mesías, fuese fuera de la sinagoga.  Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle á él” (9:22-23).  Es decir, estos padres actúan como un asalariado que “ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye” (10:12).  Al encontrarse en peligro, abandonan a su hijo.

 

La prueba que estas metáforas son, realmente, una historia continua también aparece en vv. 19-21, donde se repiten dos de los temas mencionados anteriormente, la división de los judíos en cuanto a Jesús (9:16 y 10:19) y el significado de la curación como testimonio del poder de Dios que tiene Jesús (9:33 y 10:21).

 

Un problema sin resolver es que 7:2 dice que se acercaba la fiesta de Tabernáculos, y 10:22 dice, “Y se hacía la fiesta de la dedicación en Jerusalén.”  Estas fiestas ocurren aproximadamente tres meses una de otra, y no está claro cuando cambia el tiempo en la historia.

 

VERSÍCULOS 11-13: YO SOY EL BUEN PASTOR

 

11Yo soy (griego: ego eimi) el buen (griego: kalos) pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas. 12Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y esparce las ovejas.13Así que, el asalariado, huye, porque es asalariado, y no tiene cuidado de las ovejas.

 

 

“Yo soy (ego eimi) el buen pastor” (v. 11a).  Ego eimi es una frase importante en este Evangelio, que incluye numerosas frases de “Yo soy”:

 

     • “Yo soy, que hablo” (4:26).

     • “Yo soy el pan de vida” (6:35).

     • “Yo soy el pan vivo” (6:51).

     • “Yo soy la luz del mundo” (8:12; 9:5).

     • “Antes que Abraham fuese, yo soy” (8:58).

     • “Yo soy la puerta de las ovejas” (10:7).

     • “Yo soy la puerta” (10:9).

     • “Yo soy el buen pastor” (10:11).

     • “Yo soy la resurrección y la vida” (11:25).

     • “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (14:6).

     • “Yo soy la vid verdadera” (15:1).

 

Ego eimi se puede comprender como lenguaje codificado que se refiere al encuentro de Moisés con Dios muchos siglos antes.  En esa ocasión, cuando Moisés preguntó el nombre de Dios, Dios respondió, “Así dirás á los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado á vosotros” (Éxodo 3:14).  En ese versículo, “YO SOY” es “ego eimi” en el Septuagésimo (la versión griega del Antiguo Testamento).  También, en Isaías 40-55, Dios utiliza la frase, “Yo soy,” una y otra vez para referirse a si mismo.  Es decir, ego eimi se puede considerar el nombre de Dios.  Cuando Jesús utiliza ego eimi para referirse a si mismo, se está identificando sutilmente con Dios – como Dios.

 

“Las frases de ‘Yo soy’ forman el centro distintivo del lenguaje de revelación de Jesús en el Cuarto Evangelio… Por medio de estos símbolos comunes, Jesús declara que las necesidades religiosas y los deseos humanos de la gente se cumplen con él” (O’Day, 601).

 

“Yo soy el buen (kalos) pastor” (v. 11a).  Barclay anota que existen dos palabras griegas para la palabra buen.  La primera es agathos, que “simplemente describe la calidad moral de una cosa.”  La segunda es kalos (utilizado en este versículo), “que significa que una cosa o una persona no es solo buena; pero que en su bondad existe una calidad cariñosa, amable, y atractiva, haciéndola algo maravilloso.”  Barclay entonces compara la frase “el buen pastor” con “el buen doctor.”  Cuando gente habla del buen doctor, “no solo se refiere a la eficacia y capacidad que tiene como doctor; también se refiere a la simpatía, la bondad, y la caridad que le acompañan, y que han hecho de él un amigo de todos.  En la imagen de Jesús como el Buen Pastor hay belleza tanto como fuerza y poder” (Barclay, 71).  Brown sugiere que “noble” sería una buena traducción para kalos en versículo 11, anotando que “kalos significa ‘bello’ en el sentido de un ideal o modelo de perfección; lo vimos utilizado en el ‘vino elegido’ de ii 10” (la historia de la boda de Cana) (Brown, 386).

 

“el buen pastor su vida da por las ovejas” (v. 11b).  Esto nos hace pensar de David, el pastorcillo que mató un león y un oso defendiendo sus ovejas (1 Samuel 17:35-36).  Seguro que algunos pastorcillos pierden su vida protegiendo sus ovejas de animales salvajes o de ladrones.  Otros pierden el camino mientras buscan ovejas perdidas por la noche, resultando heridos o muertos.  Ser un pastor no es para el flojo de corazón.

 

Pero Jesús va más allá.  Un buen pastor se arriesga la vida protegiendo las ovejas, pero eso no es lo mismo que de dar la vida.  El pastor que se arriesga por las ovejas no espera morir, sino vivir.  A veces, un pastor morirá al encontrarse con animales o ladrones, pero la mayoría de ellos no.  Gente involucrada en trabajos arriesgados generalmente piensa que será otra persona la que morirá.  No piensa dar su propia vida, en vez, piensa que su enemigo será el que dé la suya.

 

También, un pastor que muere deja a sus ovejas indefensas, entonces, parecería que el buen pastor se refiere solo a un pastor vivo – o así parece.  Jesús dice otra cosa.  “El buen pastor su vida da por las ovejas” (v. 11b).  Mientras que un buen pastor no se va al campo esperando morir, eso es lo que hará Jesús, obedeciendo al Padre (v. 18).  Jesús vino al mundo para morir en la cruz, y es la muerte del Cordero de Dios que nos salva de la muerte (1:29; Apocalipsis 7:17) – o quizá deberíamos decir que la resurrección del Cordero – su victoria sobre la muerte – es lo que asegura nuestra victoria sobre la muerte.  Su resurrección le reunirá de nuevo con sus discípulos.  Al dejarles finalmente, no les deja desconsolados, en vez, les da el don del Consolador (14:25) y volverá para llevarles a un lugar que él les ha preparado (14:2).  Éste no es un pastor “muerto y olvidado” – no es un Señor ausente.

 

Lincoln anota que los griegos tienen un concepto de una muerte noble (kalos).  “Para ser digno de alabanza u honor, tal muerte ha de ser voluntaria y por el bien de los demás.”  Entonces habla de los mártires macabeos, quienes en 164 a.C. derrocaron al rey seleucido, Antioco Epífanes, que había profanado el templo de Jerusalén e intentado reprimir la fe judía.  “Se dice que los mártires macabeos murieron una muerte honorable porque murieron por sus hermanos o la nación, para poder salvarles” (Lincoln, 297).

 

“Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y esparce las ovejas” (v. 12).  Si hay tal cosa como un buen pastor, también ha de haber un mal pastor.  Jesús no contrasta al buen pastor con un ladrón, sino con un asalariado – un mercenario cuya única preocupación es recibir su paga – que no siente afecto por las ovejas y que no siente ninguna responsabilidad por ellas – que ve el pastoreado, no como una llamada, sino solo como un trabajo – que corre del peligro, permitiendo que el lobo arrebate y esparza las ovejas.  Tal hombre asalariado solo cuidará las ovejas hasta que reciba una oferta mejor.  Si una oveja se aleja por la noche, fácilmente justificará haberse quedado con el rebaño en lugar de ir en busca de la oveja perdida.  Si un león persigue las ovejas, el asalariado fácilmente justificará haber sacrificado un cordero para salvar al rebaño – y para salvarse a si mismo.

 

“Así que, el asalariado, huye, porque es asalariado, y no tiene cuidado de las ovejas” (v. 13).  En un sentido, tener un asalariado como pastor es peor que no tener pastor.  El asalariado da la ilusión de protección sin proteger verdaderamente.  Si el dueño no tiene pastor, trabajará para buscar uno.  Si tiene asalariado, el dueño estará más tranquilo, pensando que las ovejas están a salvo.

 

En una escala moral de uno a diez, el asalariado está en algún lugar en el medio.  No pretende ser ni héroe ni villano, pero se convierte en villano a causa de lo que les ocurre a las ovejas bajo su cuidado.  Falla al no reconocer (o quizá al no importarle) que su trabajo es importante – que es, literalmente, un trabajo que se trata de la vida o la muerte de las ovejas.  Su indiferencia seguramente resulta en la muerte de ovejas bajo su cuidado.  Su actitud es importante, porque hay vidas en juego.

 

Hay aquí una lección para nosotros.  No basta con los ademanes de un cristiano.  Cristo quiere más que recitaciones – quiere nuestros corazones.  En las cartas a las siete iglesias, Jesús le advierte a la iglesia de Laodicea: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojala fueses frío, ó caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:15-16).  La razón es simple.  Cristo nos llama, de manera grande o pequeña, para proclamar las Buenas Noticias de la salvación que tenemos disponibles a través de él.  La indiferencia es una maldad seria, porque hay vidas en juego.

 

Jesús toma la metáfora del buen y el mal pastor de Ezequiel 34, que habla de los pastores de Israel – líderes religiosos – “¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan á sí mismos! ¿No apacientan los pastores los rebaños? Coméis la leche, y os vestís de la lana: la gruesa degolláis, no apacentáis las ovejas” (34:2-3).  Contrasta estos malos pastores con Dios, el verdadero pastor (34:11-31).  El pasaje concluye con la promesa de Dios a Israel, “Y vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, hombres sois, y yo vuestro Dios, dice el Señor Jehová” (34:31).

 

Hoy existen buenos y malos pastores, ambos clérigos y laicos.  La diferencia está en el corazón del pastor.  El buen pastor se preocupa por la gente bajo su cuidado, sea una diócesis, una congregación, o unos cuantos niños en la escuela dominical.  El buen pastor busca maneras de liderar fielmente, y a favor del bien – aunque sea frente oposición o peligro.  Malos pastores se preocupan solo su propio bienestar.  Un mal pastor puede predicar falsa doctrina – o preocuparse más por programas o campañas de construcción que por la gente – o involucrarse en un escándalo sexual – pero basta con que un pastor no se preocupe por sus ovejas. Afortunadamente, Cristo tiene muchos más buenos pastores que malos.

 

VERSÍCULOS 14-16: CONOZCO MIS OVEJAS Y LAS MÍAS ME CONOCEN

 

14Yo soy el buen pastor; y conozco (griego: ginosko) mis ovejas, y las mías me conocen. 15Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. 16También tengo otras ovejas que no son de este redil (griego: aules); aquéllas también me conviene (griego: dei – es necesario – una necesidad divina) traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño (griego: poimne), y un pastor (griego: poimen).

 

“Yo soy el buen pastor; y conozco (ginosko) mis ovejas, y las mías me conocen” (v. 14).  En versículo 11, el buen pastor da su vida por las ovejas.  En versículo 14, el buen pastor conoce (ginosko) las ovejas y las ovejas le conocen a él.  Ginosko es más que un conocimiento superficial – requiere experiencia – relación.  El Antiguo Testamento habla de un hombre que conoce a su esposa en el sentido de intimidad sexual, una relación que significa más que un acto físico.  Cuando Jesús dice que el buen pastor conoce a las ovejas, no implica nada sexual, sin embargo, está hablando de una relación muy significante.

 

El pastor (Jesús) conoce las ovejas (la gente) porque él “fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (1:14).  “El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual á Dios: Sin embargo, se anonadó á sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante á los hombres; Y hallado en la condición como hombre, se humilló á sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:6-8).  Jesús conoce a los suyos, porque ha vivido en nuestra piel y ha experimentado nuestras alegrías y tristezas.

 

Jesús dice que conoce a los suyos y que los suyos le conocen a él “Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre” (v. 15a).  La unión de Padre e Hijo es un tema principal en este Evangelio:

 

• “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (1:1).

 

• Jesús les dice a los líderes judíos, “Yo y el Padre una cosa somos” (10:30).

 

• Cuando los judíos rechazan a Jesús, les reta, “aunque á mí no creáis, creed á las obras; para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (10:38).

 

• En su oración de alto sacerdocio, Jesús ora por los discípulos, “Para que todos sean una cosa; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean en nosotros una cosa: para que el mundo crea que tú me enviaste” (17:21).

 

En versículos 14-15a, Jesús nos hace pensar de una intimidad todo-inclusiva que comienza con su relación con el Padre y se extiende a los que el Padre le ha concedido (17:6) y a todos “los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (17:20).  Lo que Jesús describe, entonces, es una gran familia extendida que comienza con el Padre y, a través del amor del Hijo, acoge a todo creyente.

 

Yo experimenté algo parecido hace muchos años en una pequeña iglesia rural cuando estudiaba para ser pastor.  Un miembro maravilloso de esa congregación, una mujer llamada Matie, tenía hijos e hijas mayores que vivían cerca.  Era una familia unida que regularmente se reunía los domingos para comer en la casa de Matie.  Matie tenía una mesa grande que podía sentar a veinte personas, y pocas veces había un asiento vacío.  En aquel entonces yo no estaba casado, y Matie me adoptó en su familia.  A menudo me quedaba en su casa los sábados por la noche y comía con ellos los domingos por la tarde.  Fue una experiencia maravillosa que solo fue posible gracias a Matie – la gran persona que era.  Ese grande pero íntimo compañerismo nació de su gran corazón cariñoso.  Así es con la iglesia, la familia extendida que crece de los corazones amorosos del Padre y el Hijo.

 

“y pongo mi vida por las ovejas” (v. 15b).  Jesús nos recuerda de nuevo que pone su vida por las ovejas, un tema que tomará de nuevo en versículo 17.

 

“También tengo otras ovejas que no son de este redil (aules); aquéllas también me conviene (dei) traer” (v. 16a).  Un redil es un corral o lugar cercado donde viven las ovejas cuando no están pastando.  Provee seguridad y fomenta un sentimiento de comunidad.  Jesús dice que también traerá a estas ovejas, y que serán un rebaño, un pastor.

 

¿Quiénes son estas otras ovejas? Algunos eruditos han especulado que son otras comunidades judío-cristianas, pero “esta opinión es ambos innecesariamente anacrónica y desesperadamente especulativa” (Carson, 390).  La mayoría de eruditos cree que Jesús se refiere a gentiles.  Cuando Jesús dice, “tengo,” implica que estas ovejas ya le pertenecen, pero que aún tiene que traerlas al rebaño.  Debe hacerlo (griego: dei – es necesario que lo haga).

 

“y oirán mi voz” (v. 16b).  Antes Jesús dijo, “y las ovejas le siguen (al pastor), porque conocen su voz” (v. 4).  Borchert, que vivió en Israel por mucho tiempo, relata dos incidentes que muestran esta verdad.  En el primero, un pastor guió a sus ovejas por medio del ajetreo del tráfico en Jerusalén, cantando y silbando para mantener el rebaño unido.  En el segundo, cuatro pastores compartían un rebaño.  Por la mañana, cada pastor cantaba y llamaba a sus ovejas por turno, las que “obedientemente se separaban del rebaño más grande para seguirle a él a las colinas a pastar durante el día” (Borchert, 330).

 

Jesús concluye, “y habrá un rebaño (poimne), y un pastor” (poimen) (v. 16c).  Brown sugiere que traduzcamos este “un rebaño, un pastor” de manera que preserva el sonido parecido de poimne y poimen en el original (Brown, 387).  Hoy, las barreras que nos separan seguramente son a causa de nuestra denominación, nación, raza, educación, vocación, o financias.  Estas barreras no son apropiadas entre cristianos.  Cristo nos llama para ser “un rebaño” (v. 16).

 

Algunas traducciones anteriores tradujeron versículo 16b “un rebaño, un pastor,” pero esto es incorrecto.  El griego claramente dice poimne (redil o rebaño) en lugar de aules (rebaño).  Aquí Jesús habla de la iglesia, el pueblo de Dios.  Es posible que todos nosotros no estemos acorralados en un redil, pero todos somos un rebaño.

 

 

VERSÍCULOS 17-18: TENGO OTRAS OVEJAS QUE NOS SON DE ESTE REDIL

 

17Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla á tomar.18Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla á tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.

 

 

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla á tomar” (v. 17).  Esto es difícil de comprender –  ¿no ama el Padre a su Hijo porque es su Hijo?  “En el cuarto Evangelio, ni el amor de Dios por el Hijo ni el amor de Jesús por sus discípulos es incondicional.  Se funda clara y expresamente en la voluntad de los seres queridos para testificar su fe, dando sus vidas y confiando que serán recibidos de nuevo” (Howard-Brook, 241).

 

El Hijo pone su vida “para volverla á tomar” (v. 17).  El Evangelio de Juan ve la cruz y la resurrección de manera diferente que en los sinópticos (Mateo, Marcos, y Lucas) y Hechos (también escrito por Lucas):

 

• En los sinópticos, Dios es el que actúa.  En Juan, el Hijo actúa obedeciendo al Padre, pero de su propia voluntad.

 

• En los sinópticos, Jesús reza, “Abba, Padre, todas las cosas son á ti posibles: traspasa de mí este vaso; empero no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14:36).  En el Evangelio de Juan él mismo pone su vida – pero solo para tomarla de nuevo.  En el Evangelio de Juan, la muerte, resurrección, y ascensión de Jesús constituyen un solo acto de salvación.  Jesús no es un mártir renuente sino un salvador dispuesto a llevar a cabo el propósito por el que vino.  No debemos ver su muerte “como un accidente del destino o… como una tragedia cometida por hombres mal guiados, sino como el plan del Padre” (Carson, 389).  “El amor mutuo del Padre y el Hijo, entonces, fue visto como obra de amor por el mundo, en el que el Padre enamorado se dispuso a salvar a todos y el Hijo enamorado dio todo libremente” (Beasley-Murray, 171).

 

• En los sinópticos y los Hechos, el énfasis está en Dios resucitando a Jesús de la muerte (Mateo 28:6-7; Marcos 16:6; Hechos 2:24, 32; 3:15, etcétera) pero, en el Evangelio de Juan, Jesús toma su vida de nuevo (v. 17).  No solo la toma de nuevo, pero también hace posible nuestra resurrección – “Ninguno puede venir á mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (6:44).

 

“Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla á tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (v. 18).  “Mientras que Pedro acusa al Sanedrín de matar a Jesús (Hechos 4:10) y, con Pablo y los demás apóstoles, afirma que Dios le levantó de la muerte (Hechos 2:32; 4:10b), el Jesús de Juan insiste que pone su vida por si mismo, y por su propia voluntad la vuelve a tomar” (Williamson, 121).

 

“En la costumbre de una muerte noble no solo es la muerte voluntaria, pero aquéllos que la sufren también se consideran no conquistados y triunfantes… En su muerte, Jesús no es el vencido sino el vencedor y por lo tanto, y contrario a evaluación normal, su crucifixión no es un caso de vergüenza o desgracia, sino una muerte noble y honorable” (Lincoln, 299).

 

 

TEXTO CITADO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS procede de Spanish Reina Valera, situada en http://www.ccel.org/ccel/bible/esrv.html.  Utilizamos esta versión de la Biblia porque consta de dominio público (no bajo protección de derechos de propiedad).

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

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www.sermonwriter.com

 

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