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RECURSOS PARA PREDICAR

Por Richard Niell Donovan
Traducción por r Emmanuel Vargas Alavez

 

 

PASAJE BÍBLICO:   Mateo 21:23-32

 

 

EXÉGESIS:     

 

CAPÍTULO 21:  EL CONTEXTO

 

La primera parte de este capítulo incluye la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (vv. 1-11) y la purificación  que hizo del templo (vv. 12-13). La purificación precipita la confrontación entre Jesús y los principales sacerdotes y ancianos de nuestro pasaje del evangelio. Presumiblemente, estos incluyen miembros del Sanedrín, incluyendo a Caifás, a quien este evangelio identifica como el sumo sacerdote (26:3). Es esa autoridad que Jesús desafía cuando voltea las mesas de los cambistas, porque los cambistas deberían haber tenido la aprobación de las autoridades religiosas para realizar sus negocios en el templo.

 

La idea de los cambistas debe haber comenzado inocentemente. La gente que llegaba al templo de muy lejos necesitaba un lugar para cambiar su dinero y comprar una ofrenda aceptable. Tener esos servicios disponibles en el templo satisfacía una genuina necesidad humana. Después se convirtió en una concesión bastante lucrativa. Finalmente llegó a ser un negocio bastante bueno. Algunos líderes judíos seguramente tenían sus reservas sobre los empujones y el alboroto en el templo, pero era un servicio útil, y una atractiva fuente de ganancias.  

 

Jesús no pidió aprobación o se enfrascó con los principales en un debate. Simplemente caminó dentro del templo y comenzó a tirar el dinero sobre el piso. Dijo, “Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho” (21:13).

 

 

VERSÍCULOS 23-27: ¿CON QUÉ AUTORIDAD?

 

23Y como vino al templo, llegáronse á él cuando estaba enseñando, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo, diciendo. ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?  24Y respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os preguntaré una palabra, la cual si me dijereis, también yo os diré con qué autoridad hago esto.  25El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, ó de los hombres? Ellos entonces pensaron entre sí, diciendo: Si dijéremos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué pues no le creísteis?  26Y si dijéremos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen á Juan por profeta.  27Y respondiendo á Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Ni yo os digo con qué autoridad hago esto.

 

 

Jesús está enseñando en el templo. El sumo sacerdote y los ancianos del pueblo hacen una pregunta doble, “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?” “Esa era una pregunta adecuada para quienes eran responsables de la fe, la moral y la vida institucional del judaísmo” (Craddock, et. al., 456). “Esto” se refiere a la enseñanza de Jesús pero de seguro se extendía a la falla de Jesús para rechazar el título de “Hijo de David” durante su entrada triunfal y la purificación del templo. 

 

“De acuerdo con las ideas rabínicas, la autoridad para enseñar y hacer decisiones que requerían compromiso era conferida por la semikkah o imposición de manos, por la que un hombre era ordenado rabí. La pregunta (del sumo sacerdote) implica que Jesús no pertenece a los rabíes o maestros acreditados” (Johnson, 508). El Sanedrín, del que el sumo sacerdote y los ancianos eran miembros, es la más alta autoridad en Israel. ¿Con qué autoridad Jesús desafía su administración del templo? ¿Cómo puede la autoridad de Jesús superar la de ellos? ¿De dónde proviene su autoridad?

 

La pregunta sobre la autoridad es importante a través de todo el evangelio de Mateo:

 

• Jesús enseñó como alguien que tenía autoridad (7:29). 

 

• Un centurión romano, un hombre bajo la autoridad del emperador y teniendo autoridad sobre mucha gente, reconoció el poder detrás de la autoridad de Jesús, cunando dijo, “solamente di la palabra, y mi criado sanará” (8:8).

 

• La autoridad de Jesús para perdonar pecados fue validada por su autoridad para sanar la parálisis. Las multitudes estaban asombradas por su autoridad (9:8).

 

• Jesús confirió autoridad a sus discípulos sobre los espíritus inmundos (10:1).

 

• Jesús les dio autoridad a sus discípulos para atar y desatar (16:19; 18:18).

 

• Este evangelio cierra con las palabras de Jesús “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (28:18).

 

"Tal vez (el sumo sacerdote y los ancianos) esperaban que (Jesús) podría reclamar ser rey, porque sabían que Roma lidiaría con ese reclamo. Tal vez esperaban que reclamaría su calidad de Mesías ya que esto ellos lo podrían denunciar como blasfemia, con algo de aprobación de la multitud que aparentemente lo consideraba solamente como un profeta” (Buttrick, 508).  

 

Jesús responde a su pregunta con otra, “El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, ó de los hombres?”  Responder con una pregunta puede parecer evasivo, pero Jesús añade esta desafiante promesa, “si me dijereis, también yo os diré con qué autoridad hago esto.”  En lugar de esquivar la pregunta, él se para en un carbón encendido, desafiándolos a hacer lo mismo.

 

La pregunta de Jesús coloca al sumo sacerdote y los ancianos en un dilema. Si dicen que el bautismo de Juan es de los cielos, entonces tienen que enfrentarse al testimonio de Juan sobre Jesús (3:3, 11-14) y su propia falla para responder a la predicación de Juan. Si, por el otro lado, dicen que el bautismo de Juan no era del cielo temían que la multitud, que creía en Juan, se rebelaría contra ellos. El bautismo de Juan, “descansaba en su autoridad como profeta, que había sido recibida directamente del cielo, es decir, de Dios; y la autoridad de Jesús para enseñar y para realizar actos proféticos era la misma” (Johnson, 509). 

 

En los versículos 25-26, Mateo bosqueja el dilema, haciendo claro que el liderazgo está ansioso de la aprobación de la gente y que así la multitud comparte la responsabilidad por lo que está por ocurrirle a Jesús. El sumo sacerdote y los ancianos rehúsan contestar, diciendo, “No sabemos”. Es una respuesta débil de aquellos que son responsables por la vida religiosa nacional, una respuesta provocada por la conveniencia de ser políticamente sensibles y de tener en cuenta las encuestas. Es su responsabilidad saber quién es y quién no es un falso profeta. Es su responsabilidad para proteger al pueblo de los falsos profetas. Al rehusarse a contestar, arriesgan su propia autoridad.    

 

“La fe del pequeño pueblo de Dios viene bien aquí. Estaban bien al creer que Juan era un profeta… El pueblo sencillo de Dios frecuentemente es el guardaespaldas de Jesús” (Bruner, 762).

 

Cuando el sumo sacerdote y los ancianos rehúsan contestar la pregunta de Jesús, él rehúsa contestar la de ellos, y así rechaza su autoridad para examinarlo. Jesús sigue ese rechazo con tres (o cuatro, dependiendo de cómo las contemos, 22:1-14) parábolas:

 

• La parábola de los dos hijos (21:28-32), que sigue como parte de este pasaje bíblico.

 

• La parábola de los labradores malvados (21:33-43).

 

• La parábola de la fiesta de bodas (22:1-10) y del vestido de bodas (22:11-14).  Algunas veces esta se cuenta como dos parábolas porque los versículos 1-10 y los versículos 11-14, aunque comparten el mismo ambiente, cada una tiene su propio énfasis.

 

Cada una de éstas es una parábola de juicio, y enseña la importancia de la obediencia para la salvación, un énfasis clave de Mateo.

 

 

VERSÍCULOS 28-32: ¿QUÉ OS PARECE?

 

28Mas, ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y llegando al primero, le dijo: Hijo, ve hoy á trabajar en mi viña.29Y respondiendo él, dijo: No quiero; mas después, arrepentido, fué.30Y llegando al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Yo, señor, voy. Y no fue. 31¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dicen ellos: El primero. Díceles Jesús: De cierto os digo, que los publícanos y las rameras os van delante al reino de Dios.  32Porque vino á vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; y los publícanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.

 

 

Jesús hace la segunda pregunta “¿Qué os parece?” Los líderes religiosos evadieron la pregunta sobre la autoridad de Juan, pero no pueden evadir una sencilla historia, y el obvio punto que quieren enfatizar. Cuando por fin contestan, se encuentran que la historia –y su respuesta—los condena.

 

Esta parábola, que solamente encontramos en Mateo, bosqueja dos respuestas al llamado de Dios. El primer hijo dice, “No quiero,” pero se arrepiente y hace lo que se le pidió. El segundo hijo dice, “Yo, señor, voy,” pero no va.  

 

Los versículos 31-32 dejan claro que los recolectores de impuestos y las prostitutas son el primer hijo, y el sumo sacerdote y los ancianos son el segundo hijo. Cuando Juan el bautista llamó a la gente a arrepentirse, los recaudadores de impuestos y las prostitutas se arrepintieron y fueron bautizados. Era más fácil para ellos arrepentirse, porque sus pecados eran obvios, incluso para ellos mismos. Los líderes religiosos, sin embargo, eran reacios a admitir su necesidad de arrepentimiento, y por lo tanto rechazaron a Juan y su llamado. De la misma manera, también rechazaron a Jesús.

 

En el versículo 30, el segundo hijo dice “Sí, señor, voy”, (griego = kyrie, Señor) pero no va. Se nos recuerda las palabras que Jesús dijo un poco antes en este evangelio, “No todo el que me dice: Señor, Señor (griego = kyrie, kyrie) entrará en el reino de los cielos: mas el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (7:21).

 

La obediencia es un problema para el pueblo de Dios en todo tiempo y lugar. “Qué fácilmente ‘el trabajo de la iglesia’ degenera en poco mas que simplemente mantener a la institución… Decimos que vamos a trabajar en la viña del Señor, pero en lugar de cosechar las uvas ¡nos pasamos el tiempo arreglando y volviendo a arreglar las piedras a lo largo del camino!” (Hare, 248). Los fieles siempre están en peligro de convertirse en complacientes; pero las buenas nuevas son que el pecador siempre es un candidato para el arrepentimiento y la salvación.

 

¿Quiénes son el primer hijo y el segundo? Podemos pensar en la parábola de Jesús como una pintura que revela las diferentes perspectivas dependiendo de donde nos paremos.

 

• Cuando nos paramos muy cerca, en los zapatos de Jesús, el primer hijo es el recolector de impuestos y las prostitutas y el segundo hijo son los líderes religiosos judíos.

 

• Cuando nos separamos varias décadas de la perspectiva de Mateo, vemos que el primer hijo ahora son los gentiles o la iglesia y el segundo hijo ahora son los judíos o Israel.

 

• Cuando nos separamos todavía más, hasta nuestro día, vemos que el primer hijo, el hijo fiel, tiene otro rostro:

 

• Un alcohólico arrepentido, un pequeño grupo que adora a Dios enfrente de una tienda, una iglesia que sale para atender a los necesitados en su comunidad, un pastor que llama a sus congregantes a un verdadero arrepentimiento, un miembro de la iglesia que decide diezmar, una joven o un joven que decide no tener relaciones sexuales hasta el matrimonio. 

 

• Todos aquellos que, aunque sea renuente o dolorosamente, obedecen a Cristo.

El segundo hijo es ahora la persona en la banca que rechaza que Cristo entre hasta lo más profundo de su corazón:

 

• Un cristiano o cristiana que rehúsa obedecer a Cristo en las áreas sensibles del sexo, dinero y poder

 

• Un predicador cuyo sermón está diseñado para agradar a la gente más que agradar a Dios; una iglesia que ignora asuntos de justicia y misericordia

 

• Una escuela dominical que descuida enseñar a los niños y niñas las grandes historias bíblicas

 

• En otras palabras, todos aquellos o aquellas que parecen ser fieles, pero que, muy en lo profundo, no lo son.

 

“Nuestra parábola está dirigida en contra tanto del fundamentalismo doctrinal que le dice a la gente que creer las verdades correctas es el camino a la salvación, sin ningún otro componente moral, tanto como en contra de un avivamiento emocional que solamente busca respuestas, no vida” (Bruner, 765). 

 

“De cierto os digo”, Jesús dice, señalando la importancia de lo que va a seguir. “Los publícanos y las rameras os van delante al reino de Dios.”  Los recolectores de impuestos y los pecadores son palabras clave para gente pecadora: todos aquellos que están fuera del rango de la religión respetable. “Todo el estilo de vida de aquella gente que los separó del tipo de guardar la religión que era el corazón de la religión de gente como los fariseos” (Morris, 537). No es que Dios vaya a ignorar sus caminos pecaminosos, pero que estos, sabiendo su pecado, son candidatos para el arrepentimiento y, por lo tanto, para la salvación. La élite religiosa, de hecho considerándose ya santa, encuentran más difícil enfrentar las realidades de su propio pecado. 

 

“La clave para el entendimiento correcto de esta parábola es que en realidad no está alabando a nadie. Se nos presenta un cuadro de dos tipos de personas muy imperfectas… Ninguno de los dos hijos en la historia era el tipo de hijo que le daría un gozo completo a su padre…, pero el que al final obedeció  fue incalculablemente mejor que el otro” (Barclay, 286). Haríamos bien en no imitar a ninguno de los dos hijos. Que nuestras palabras y hechos sean obedientes.

 

 

TEXTO CITADO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS procede de Spanish Reina Valera, situada en http://www.ccel.org/ccel/bible/esrv.html.  Utilizamos esta versión de la Biblia porque consta de dominio público (no bajo protección de derechos de propiedad).  

 

 

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Copyright, 2002, 2010, Richard Niell Donovan